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Nombró a Dios tres o cuatro veces en cinco minutos. La miré sin hablar, hasta que los últimos brotes de algarrobo explotaron en una pequeña parcela de estrellas. Salvajes. Incontenibles. Con la viva inutilidad de lo efímero. Recién ahí se empezó a apagar la voz del gordo Alorsa, se empastó embadurnada con las chispas (soñé que te ibas muy lejos y no podía verte, dijo) apreté los ojos para intuir como se enroscaba contra el humo y desbordaba en el techo. Entrecortada por el llanto, por la rabiosa imagen de la partida y sin embargo ella (la otra) aún estaba acá, volviendo a nombrar a Dios. Y como si fuera poco también a la trilogía. Ahí me desbordó la risa. La débil frontera de su idiotez. También reí del rictus que se armaba en su boca para putearme, inflando los cachetes para alargar unos segundos más las consonantes. Arqueó las cejas buscando una explicación. Te va a castigar, dijo. Volví a reír y entonces se le armaron las rodillas y los muslos. Ahora parecían conectados con sus ojos y su boca. Sos un hijo de puta, dijo. Tomó aire alejándose un poco, un hijo de mil putas mal parido y dejó la boca negra y redonda. Vas a terminar en el infierno. Estúpida, como si hubiera algo peor que este mismo infierno.
Tampoco cerró la puerta cuando se fue (igual que vos).
Una brisa desmañada alborotó las cenizas. Las inflamó de vértigo, desnudó apenas el naranja débil de su piel. Enseguida un hueco azul se rompió en las sombras de la habitación y volví a reír, a trazar manotazos erráticos. Posiblemente aludiendo una ceguera instantánea. El disco volvió a empezar, el gordo Alorsa ahora ponía los ojos horizontales, levantaba apenas la pera y la voz le chorreaba dulce. Izaba cientos de partículas de polvo. (Es tarde ´pa dormir, temprano para madrugar…). Agarré el grabador y lo estrolé contra el piso. Nadie volverá, grité. Uncido por la verdad de un litro y medio de agua bendita. Tres con ochenta no gasificada. Cerré la puerta de una patada. La volví a abrir y expuse lo que quedaba. El tufo a porro, a humedad infiel en la madera quemada. El ultimo sablazo de estupidez y el recuerdo de tus ojos cuando murió la niña. Vos también nombraste a Dios. Pero el partido terminó y cambió la pilcha con el diablo. Recuerdo como me impresionó tu voz, apenas apoyada sobre la cara de la niña, con la muerte fresca en las manos, en los pies, en el hilo plateado de moco y lagrima que bajaba desde el hueco de tu nariz. Dios volviste a decir, y yo lo llamé al novecientos once. Vino vestido de blanco y con acento Peruano. La letra estúpida y redonda dibujaba la hora de la muerte. Estas cosas pasan dijo, la vida es así. La puta que te parió le dije y le rompí la boca de una trompada. Le vi brillar incrédulo, el diente de oro entre el musgo blando de la sangre. Se rió o quizás su golpe me haya desarmado la cara pero con el envión he visto a mandinga como es.
Ahora que ha pasado el tiempo y tu cuerpo por esta puerta, empiezo a pensar que todo es igual. Que en un punto allá afuera, Dios y el diablo se fuman un porro, se van de putas a fin de mes. Vino tinto en caja y la maría fiel. Y solo depende el número que tenés para ver quien te atiende. O es un ¨traviata¨ de dos mil años y pico.
Ninguna puta ha exorcizado tu olor en la cama, la suave curva de tu vientre.
Siempre voy a ponerte una flor, una tuca, un poquito de café instantáneo, como a vos te gustaba. Pero no consigo deshacer el ronquido de tu llanto en mi cabeza. Y me retumba la estúpida expresión del bien que triunfa sobre el mal. Será por eso que de la niña me acuerdo tan poco.

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