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Hace cuatro o cinco bollos de hojas que las mosquitas azules no aparecen como yo quiero. Vuelan un rato y se posan inmóviles. Sin gusto a nada. Entonces me cambio y empiezo a darme cuenta que no tengo excusa para no ir a trabajar, que la fiebre ya la usé y estamos en febrero.
Voy a la estación caminando por Argerich. Hay un sol con una barriga enorme, pero a mí la calle me remite al otoño, a las hojas tostadas debajo de los pies, a la manito apenas húmeda de mi hija guardada dentro de la mía.
Está fresco el hall, le pido el boleto a un fantasma detrás de un vidrio espejado. No lo veo, solo un par de uñas violetas me devuelven las chirolas. Acabo de decirle gracias a mi propia imagen. Todavía me acuerdo, cuando era distinto y don Abel, así se llamaba, se levantaba apenas la gorra gris para desearme un buen día de estudio y convidarme con el vuelto, unos bizcochos salados.
Hace ruido en la estación, hay gente que habla por teléfono, pibes que manguean, viejos que doblan diarios y comentan el nuevo aumento del costo de vida. Ruido de campana aguda avisando que llega el tren. Primero bufa pecho inflado y después se aplasta. Es chico o sobra gente, esa es la primera impresión. Un pibe rengo salta del vagón con muletas y todo, buscará la media pierna que le falta pienso. Después me doy cuenta que la dignidad no viaja en esta línea. Bajan seis suben veinte. Yo no. Espero el próximo. Un señor mayor, corre, sube y se cae muy cerca del tren que ya empezó a moverse. Se ríe, ha visto un pedazo de su propia muerte en las vías. Busca una sombra. Yo también. Tiene las facciones duras todavía, descompuestas, no puede desarmar la sonrisa que le cuelga nerviosa de la cara. Ahora creo que está llorando.
Me voy a leer a Conti en un costado. También Haroldo me lleva en tren. Otro. Menos sucio y miserable.
Pasaron ocho o diez hojas hasta que llegó el siguiente. Huelo y escucho el roce del metal, las pequeñas chispas rebotando contra los durmientes. Finalmente se detiene. Tiene algunos vagones heridos de grafitis, otros marcados por el óxido. Subo y me quedo un par de cuadras en el estribo. El viento me obliga a cerrar los ojos, a mirar para adentro. La nueva geografía también. De un lado el Hospital Álvarez, del otro ¨La Giol¨, debajo del puente de la Avenida San Martin, una docenas de casas de cartón. Ropa colgada, carros repletos de chatarra. Caras lánguidas arrinconándose contra el tren que pasa y los deja atrás. Algunos pares de bocas abiertas en muecas sordas, negras.
El sol se abre y cierra, chapoteando sucio contra el puente. Huyendo o ausente. Ahora la velocidad lo amarrona todo, lo deshace en tiras monocordes, anchas. Embadurnan el espacio, la parte blanda de los ojos.
De golpe son líneas verdes y angostas y el metal empieza a oler a vibrar debajo del cuerpo, reconozco las paredes blancas de la estación Paternal. El tren se inclina hacia un costado, se escora apenas perceptible, cuando sube la gente nueva. La bocina rompe el aire. En el andén de enfrente otro tren se reconoce y devuelve el saludo estridente.
Pasa un pibe vendiendo marcadores, atrás pasa otro vendiendo linternas. Vuelvo al estribo, al viento, al sol que empasta la vista de blanco. Hace brillar el borde del cementerio, curiosamente le da vida, lo expande contra el cielo.
Apenas un manojo de recuerdos. La sonrisa cómplice de la nona el día que se despidió. La estrella celeste que derramaba su mirada. Lo paro en seco porque enfilo a la lágrima, y no importa que ya se hayan caído un par, siempre está el viento en la frente para echarle la culpa.
El tren se aletarga entrando en la estación Chacarita. En la punta un grupo de pibes le sacan humo a las uñas negras. Los ojos entornados, apenas se ríen. Quieren hablar desde la ropa sucia, de la nueva cara de la vieja miseria. Travestida solo un rato por el porro.
La plataforma es un mundo roto, descocido, amargo. Un “Poli” tiene por el cuello a un pibe. Una vieja a los gritos trata de explicarle como le robó los cinco pesos para el pan. El resto de la gente sigue caminando, también el tren y yo. Igual no somos inocentes. La vieja le da un carterazo, el pibe aprieta los ojos, hay un inmenso hueco en el aire por donde pasa el tren. Sino no es posible que todo quede atrás tan fácil.
Vuelvo al estribo, a mirarme los pies sobre la velocidad de los durmientes, de las piedras, del gris estirado que marea. Levanto la vista al nuevo verde. También a las casas tomadas debajo del puente de la Juan B Justo. A la miseria implícita colgada en la ropa llena de agujeros y enseguida el terraplén. Un pequeño mar seco de casas de cartón y madera. Una montaña de bolsas de basura con el pico nevado de polietileno blanco. En la cima un par de pibes tratan de remontar vuelo a una grande de consorcio. Negra. Como sus risas en el hueco de la boca. En la carrera arrastran un alud de cáscaras podridas, latas y alguna rata descuidada. Abajo un chiquito reniega con un perro flaco. Tironean hasta que la bolsa se rompe. Estalla en pedazos abstractos, se desparrama entre las piernas. El perro primerea y engulle. El chiquito llora un poco hasta que se da cuenta y le manotea algo de la boca al perro y se lo come.
Bajo la vista, la guardo, la desgarro en el cielo. En el sol con barriga. Hasta que arda. Hasta que muera. Porque ya no hay más nada que ver.
Tengo los ojos desnudos. Se que ha pasado Palermo y la inmensa estación del Retiro. Aunque sea otro infierno, de otros pibes de otros viejos de otras madres. El pibe del terraplén sigue ahí, incrustado adentro de la vista. En el aire que ya no es el mismo. En el volumen amargo de mi saliva. Me duele el cuerpo, las manos. La bilis. Me niego (aunque sea un rato) a que esto no sea parte del paisaje cotidiano. Una geografía instalada y aceptada. De tan repetido, de tanto pibe con hambre. Empiezo a masticar (duele) que la dignidad, no viaje en esta línea seguro. Está en tu casa, en la mía. En Balcarce cincuenta, primer piso, oficina seis.

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